Supongo que llega un momento en la vida en el que nada, o muy poco, te importa mantener la compostura. Cuando ya está todo hecho, dejas de preocuparte del "qué dirán" y la opinión que causas en tus semejantes pasa a ocupar el valor de un bledo. Tal vez, esa repentina falta de pudor, ese "estar de vuelta", es lo que le ocurre a nuestros mayores cuando les creemos en merma de sus facultades y que nosotros identificamos con la chochez. Y este debe ser el caso de Jesús Polanco.La atalaya de los años -y de su imperio mediático- le ha permitido destapar el frasco de las esencias saltándose a la torera todo atisbo de prudencia. No le ha importado lo más mínimo posicionarse claramente en contra de media España, hurgar en el franquismo -parte importante de su pasado también-, acusar de "guerracivilismo"... algo impropio de quien dirige mayoritariamente los medios de comunicación en España.
Y no es porque su postura sea la opuesta a la mía, no; es porque este señor no debería apostar por nadie. De todos es sabido el sectarismo informativo del diario El País, "Diario independiente de la mañana" (he encontrado una curiosa aunque antigua referencia aquí), o de la Cadena SER, sus dos principales bastiones. Pero de ahí a posicionarse abiertamente contra un partido democrático que representa a muchos millones de españoles, va un abismo. Una persona que asienta su fortuna en los medios de información debería apostar por la imparcialidad y eso es lo que debieran también buscar sus lectores o radioyentes menos viscerales. La libertad de expresión, a la que aluden los periodistas que maman de la teta polanquista para justificar la micción fuera del tiesto de su empleador, es la misma que sus propios medios le niegan al PP o la que el PSOE quiere machacar con su veto a Telemadrid. La doble moral, el doble rasero, la constante del socialismo.
De la misma forma que el diario ABC ha experimentado una profunda y reciente catarsis por su cambio de línea editorial, no sería extraño que muchos de los lectores de El País u oyentes de la SER, que sólo buscan honestidad informativa, empezaran a abrevar su sed en otras fuentes. Yo seguiré leyendo El País, lo confieso, pues me gusta saber cómo argumenta el enemigo y conocer sus catecismos (es curioso comprobar que lo leído un día en El País se convierte al día siguente en dogma indefectible de sociatas de medio pelo y seudoprogres de taberna).